DESPEDIMOS A UNA FUNDADORA DEL IDEHU
Semblanza de la Dra. Juliana Leoni
El pasado martes 5 de mayo nos llegó la triste noticia del fallecimiento de la Dra. Juliana Leoni.


El pasado martes 5 de mayo nos llegó la triste noticia del fallecimiento de la Dra. Juliana Leoni.
Algunas personas de esta comunidad llegaron a conocerla, pero otras muchas no. En las próximas líneas intentaré contarles, o recordarles, quién fue y por qué tiene un lugar imborrable en la memoria y los corazones de quienes la conocimos de cerca.
Desde lo académico, la Dra. Leoni fue docente de la Cátedra de Inmunología y se desempeñó como miembro del Consejo Directivo de la Facultad por el claustro de profesores. Ocupó cargos desde Ayudante a Profesora Asociada, con el que se jubiló en 2013. Dictó los cursos de Inmunología (Bioquímica) e Inmunología Molecular (del antiguo plan 1986), así como diversos cursos de posgrado, transmitiendo su pasión por el estudio de anticuerpos, antígenos y péptidos a través de técnicas inmunoquímicas.
La pasión de Juliana por la inmunoquímica se vio reflejada en su trabajo de tesis doctoral (dirigida por el Dr. Ricardo Margni), su estancia post-doctoral en Nueva York (dirigida por el Dr. Blas Frangione) y su extensa trayectoria científica de regreso al país, siendo partícipe de la creación del Instituto de Estudios de la Inmunidad Humoral (IDEHU) y llegando a desempeñarse en la categoría de Investigadora Independiente en el CONICET. Dirigió más de 10 tesis doctorales en temas tan diversos como el estudio de enfermedades autoinmunes, estructura de anticuerpos, modificaciones de antígenos por exposición solar o anticuerpos de llamas, siempre con la inmunoquímica en el centro de la escena.
Pero, por sobre la docente y la científica estaba Juli, la persona, con una gran vocación por ayudar a los demás siempre (a veces incluso en su propio perjuicio). Su vuelta de EE.UU. incluyó una valija llena de reactivos (muchos y en grandes cantidades), que compartió con el resto de docentes/investigadores de la cátedra para poder trabajar durante los siguientes años. Y tanto se involucró en su trabajo que, habiendo nacido en Roma (su amada Roma), renunció a su ciudadanía italiana para poder ingresar como investigadora del CONICET (irónicamente, cuando visitaba Italia con su hija, Juli ingresaba con pasaporte argentino y su hija con pasaporte italiano… y menos fila). Juli siempre me dijo, hasta la última visita que le pude hacer, que su padre siempre le decía “Uno tiene que amar a la tierra que pisa”, y Juli cumplió con el mandato paterno. Lo hizo de muchas formas: estudiando, enseñando, investigando, discutiendo (cosa que hacía con una naturalidad romana indiscutible, quienes la conocieron discutiendo saben a lo que me refiero), aconsejando y trabajando, siempre trabajando. Cada vez que cualquier becario o becaria tenía algún problema con una columna cromatográfica o un gel de poliacrilamida, ahí estaba Juli, pensando en el problema y en alternativas para solucionarlo, ofreciendo incluso todo su material para llegar a la solución. Y lo hizo incluso ya jubilada, a sus 80, poniéndose a armar columnas con el último becario doctorado en nuestro grupo. Esta cercanía eterna con los jóvenes que le prestaban oídos fue otra de las características centrales de Juli, que transmitió italianidad desde su argentinismo a generaciones de becarios y becarias, con su café preparado en cafetera italiana y su inmensa colección de óperas que compartía sin problemas con quienes querían curiosear por esa música tan propia de su tierra natal. Puccini, Verdi, Rossini, en las voces de Callas, Di Stefano (su preferido), Gobbi o José Cura (que también une a la Argentina con Italia), van a estar en nuestra memoria indeleblemente asociados a ella.
Quienes la conocimos vamos a extrañarla, pero por sobre todo, vamos a tenerla siempre presente por todo lo que nos enseñó y por los caminos que nos marcó.
Gracias Juli, por todo.